lunes, 15 de noviembre de 2010

El suspiro de tu cuerpo.

Su cuerpo se desplaza por la nocturna habitación, al ritmo de la melodía que suena en el fondo. Con solo una fina capa de seda cubriendo su diminuto cuerpo, baila. Yo sentí cada movimiento que hacía y ella bailando tan confiada de la intimidad que la luz apacigua. Me dirigí hacia su cuerpo buscando lo que no se me ha perdido y la seguí por la habitación dejándome llevar por su tan particular olor a sudor fragante. Cuanto deseaba sentir ese olor más y más cerca hasta que se mezclara con el mío y se volviese irreconocible. Me pare detrás de ella y respire su cuello. Bailamos juntos desde la puerta hasta el colchón de mi cama. Yo encima de ella la desnude completa con mi mirada.

Hace unas horas fue una de esas noches, donde la juventud se encuentra en medio de la nada y te perteneces, hasta que el alcohol te secuestra. Ahí estábamos los dos entre cuatro paredes y personas desconocidas, música alta y cervezas baratas. Bailé con ella un baile diferente al que ahora bailamos en mi cuarto y mis manos recorrieron sus muslos con discreción. Su boca cada vez más cerca, nuestros labios casi a punto de rozar, su lengua en pugna con la mía y ya no bailábamos. Las personas alrededor se fueron difuminando mientras se juntaban nuestras caras, no sé si miraban y si miraban no sé que pensaban, pues realmente fuera de sus labios y la concentración que requiere un beso, no me importaba nada.

Ahora en mi cuarto mientras el humo usado nubla nuestra visibilidad, solo imagino su hermosa piel arropada a la mía. Me encanta como me besa, suave pero intensa, se lo dije y recibí una sonrisa que lentamente tracé con la yema de mis dedos. La fui desnudando poco a poco y sus pezones rozaban con mi pecho, erizando mi piel con el más mínimo contacto. El tiempo pasaba sin prisa y ella durante cada minuto extenso, expropiaba mis deseos y los convertía en un cuento. Sus gestos de satisfacción evocaban en mi una fuerza indomable de darle, lo que con su pícara sonrisa, me pedía. De sus ojos entreabiertos, interpreté, que mi lengua hacia un buen trabajo instigándola a alcanzar la respiración profunda del plácido abismo. Hasta que invocó con un suspiro, ese lugar, donde se retoman los gemidos que se aglutinan inconclusos.

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